martes, 26 de julio de 2011

La última y me fui


Escribir es uno de esos pocos placeres inefables que me ha dado esta farsa que conocemos como vida. Descubrílo hace ya mucho tiempo, siendo aún una niña, después de saborear lecturas de mis libros de primaria, en aquél lejano y olvidado tiempo donde aún eran buenos los conocidos “libros de texto gratuitos”. Mi efímero profesor de poesía me dijo en la primera clase una aseveración que yo conocía sin saberlo:“Todo lector es un escritor en potencia”. Fui lectora durante gran parte de mi niñez y adolescencia; eran exquisitas las tardes en la biblioteca pública a donde mi madre (¡sí! ¡mi madre!) me llevaba, a leer las aventuras de “Jorge el curioso”, donde leía una y otra vez “El libro de los Cerdos”, ese encantador libro de portada color salmón que elevaba mi imaginación a confines nuevos para mí en ese entonces. El acervo de la sección infantil, si bien no era extenso, contenía (o contiene, porque aún existen todos esos maravillosos libros, tristemente abandonados) lo suficiente para enseñar a los niños sobre ciencia, biología, literatura de fantasía, poesía, zoología y botánica, meteorología e incluso medicina. Con el pasar de los años, mi interés fué creciendo y ampliándose. Leía en primaria esa joya que son “Los libros del Rincón”, con su clásico “Soy huichol”, aquella hermosura que era “Funny bones”, que tuvo su versión en caricatura, también una delicia, entre muchos, muchos otros que honestamente no recuerdo en este momento. En secundaria, mi maestra de español nos fomentaba ávidamente este hábito, dedicando los viernes a lecturas abiertas, que pocos alumnos aceptábamos con entusiasmo. Ella nos “obligó” a leer aquellas antologías sublimes de “Los cuentos de Matilda”, donde varias compañeritas nos reuníamos para leerlos, en un cálido ambiente de sana camaradería que bien pronto dejó de ser una simple tarea escolar para convertirse en un breve pero fructífero círculo de lectura (cosa curiosa, nunca nos acompañó ningún niño).
De ahí en adelante, mis lecturas eran las que yo elegía, las que yo buscaba, las que yo me imponía. Cada libro que leía me llevaba a otro y así sucesivamente, en una infinita cadena que me traía cada vez mayor placer. Ahí inició la odisea literaria donde mis compañeros fueron Baudelaire, Rimbaud, Poe, V.C. Andrews, Melville, Shelley, Neruda, Verne, Beecher Stowe, Twain, Conrad, etc etc etc.
Muchas tardes veraniegas las pasé, sola y feliz, en la biblioteca, donde los libros abandonados representaban para mí una ventaja, pues podía disfrutarlos a mis anchas sin que nadie me molestara. La gente que acudía era poca e iba por otras razones, demasiado estúpidas para aquí nombrarlas. Recuerdo el momento en que abría cada libro, y su olor añejo alteraba mi olfato de una manera más placentera que un opiáceo; las páginas amarillentas del libro que tuviese entre mis manos, con su bella cubierta empastada a la antigua, me develaban secretos y tesoros que todos ignoraban (y aún lo hacen), secretos largamente guardados que en esos momentos y para siempre a mí me pertenecían.
Pero Cronos avanza incólume, y hace de las suyas cruelmente, trayendo consigo las consecuencias que le da a su funesta hija vida para agobiar la existencia de quienes nos llamamos mortales, y ésta y sus intrincadas decisiones me trajeron a otra ciudad, lejos de aquella biblioteca que tantas horas de solaz me brindó, las circunstancias impuestas por vida (así le llamo, como si fuera hermana de Zeus) me impiden casi por completo dedicar tardes enteras a mis lecturas, muchas abandonadas, incompletas, archivadas. Pero, ¿porqué he hablado tanto de lectura si mi premisa fué la escritura? Por la razón que cité en voz de mi profesor de poesía. Mi lectura cultivada a través de los años me llevó poco a poco a querer plasmar el catálogo selecto de emociones que descubrí con el devenir de los años, plasmarlo todo en forma de letras, que llevaran una selecta armonía y coherencia perfectamente estructurada, que guiara a mi potencial lector a sentirse identificado como yo lo hice con Herman Hesse y su “Lobo estepario”. Las intenciones se quedaron como eso, simples intenciones.
La verdad más pura me golpeó directa, inmisericorde: NO SOY UNA ESCRITORA.
En lo absoluto, ni en lo más mínimo, ni remotamente, ni en mis sueños más lúbricos. A pesar de mi tierno entusiasmo por aventurarme en tal terreno, los resultados simplemente no eran los esperados; por el contrario, denigraba (y aún lo hago, con el presente texto) tan sincera y excelsa profesión.
La tristeza que invade a cualquiera que ha fracasado en su empresa más anhelada me es ya una emoción que hasta hace poco solía desconocer. Concluí que para escribir se requiere de talento, adquirido o innato, como sea, pero que exista. En mi persona no hay ni uno ni otro.
Decidí por tanto, abandonar lo que tanto placer me ha dado a mis 23 años. Mi lectura agredida por el funesto internet y mi escritura que jamás existió. Todo aquello que gocé con ambos placeres aún lo recuerdo vivídamente, y permanecerá en mí para siempre. Vida puede que me ya me haya arrebatado casi todo, lo visible y lo invisible, pero de esto último no lo ha conseguido todo. No podrá quitarme, aunque se alíe con la Muerte, los latidos incesantes de mi corazón mientras leía “Siddharta”, mi respiración estremecida con “La Cabaña del Tío Tom” ni mis suspiros entrecortados con “Las flores del Mal”.
Quizás algún día consiga el resultado esperado, es algo que anhelaré siempre, no como un realización vana con el fin de engrandecer mi ego ni con intención de cobrar fama y fortuna como esa idiota de Stephanie Meyer, sino con el sincero deseo de cambiar un poco el mundo solitario y patético en que nos movemos, si bien no lo revolucionaré, me sentiría alegre de saber que alguien en el mundo ha leído lo que alguna vez “escribí” y lo hizo suyo. Melville y su historia trágica me brindan esperanzas.
¿Qué si me voy con tristeza? ¡Por supuesto! Voluntariamente me estoy arrojando a un foso de leones, en un simbolismo de hara-kiri para resguardar el poco honor que aún me queda. Me voy dejando atrás la mitad de mi ser, no buscaré otro complemento, porque ya lo he encontrado, pero como en esa comparación vulgar de que si amas realmente debes dar libertad, yo lo hago con esto que amo y que me amó con la sinceridad más pura que yo haya conocido jamás, libero mis dos grandes pasiones de mis manos destructoras, con infinito pesar me alejo, me convierto en uno más, en otro ser grotesco que se conforma con la caja idiota y el computador imbécil, me voy a vivir la más profunda de las mentiras, a vivir en ignorancia que irónicamente me dará consuelo, porque dará a mis ojos una venda espesa que me impedirá ver el trasluz de todo cuanto me rodea.
Quizás en otras circunstancias nos volveremos a encontrar.